sábado, 27 de agosto de 2011

Nadie encendía las lámparas



Felisberto Hernández
Hace mucho tiempo leía yo un cuento en una sala antigua. Al principio entraba por una de las persianas un poco de sol. Después se iba echando lentamente encima de algunas personas hasta alcanzar una mesa que tenía retratos de muertos queridos. A mí me costaba sacar las palabras del cuerpo como de un instrumento de fuelles rotos. En las primeras sillas estaban dos viudas dueñas de casa; tenían mucha edad, pero todavía les abultaba bastante el pelo de los moños. Yo leía con desgano y levantaba a menudo la cabeza del papel; pero tenía que cuidar de no mirar siempre a una misma persona; ya mis ojos se habían acostumbrado a ir a cada momento a la región pálida que quedaba entre el vestido y el moño de una de las viudas. Era una cara quieta que todavía seguiría recordando por algún tiempo un mismo pasado. En algunos instantes sus ojos parecían vidrios ahumados detrás de los cuales no había nadie. De pronto yo pensaba en la importancia de algunos concurrentes y me esforzaba por entrar en la vida del cuento. Una de las veces que me distraje vi a través de las persianas moverse palomas encima de una estatua. Después vi, en el fondo de la sala, una mujer joven que había recostado la cabeza contra la pared; su melena ondulada estaba muy esparcida y yo pasaba los ojos por ella como si viera una planta que hubiera crecido contra el muro de una casa abandonada. A mí me daba pereza tener que comprender de nuevo aquel cuento y transmitir su significado; pero a veces las palabras solas y la costumbre de decirlas producían efecto sin que yo interviniera y me sorprendía la risa de los oyentes. Ya había vuelto a pasar los ojos por la cabeza que estaba recostada en la pared y pensé que la mujer acaso se hubiera dado cuenta; entonces, para no ser indiscreto, miré hacia la estatua. Aunque seguía leyendo, pensaba en la inocencia con que la estatua tenía que representar un personaje que ella misma no comprendería. Tal vez ella se entendería mejor con las palomas: parecía consentir que ellas dieran vueltas en su cabeza y se posaran en el cilindro que el personaje tenía recostado al cuerpo. De pronto me encontré con que había vuelto a mirar la cabeza que estaba recostada contra la pared y que en ese instante ella había cerrado los ojos. Después hice el esfuerzo de recordar el entusiasmo que yo tenía las primeras veces que había leído aquel cuento; en él había una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse. Pero todos los días surgían obstáculos. Mis oyentes se rieron cuando en una de las noches alguien le hizo una proposición y la mujer, asustada, se había ido corriendo para su casa. La mujer de la pared también se reía y daba vuelta la cabeza en el muro como si estuviera recostada en una almohada. Yo ya me había acostumbrado a sacar la vista de aquella cabeza y ponerla en la estatua. Quise pensar en el personaje que la estatua representaba; pero no se me ocurría nada serio; tal vez el alma del personaje también habría perdido la seriedad que tuvo en vida y ahora andaría jugando con las palomas. Me sorprendí cuando algunas de mis palabras volvieron a causar gracia; miré a las viudas y vi que alguien se había asomado a los ojos ahumados de la que parecía más triste. En una de las oportunidades que saqué la vista de la cabeza recostada en la pared, no miré la estatua sino a otra habitación en la que creí ver llamas encima de una mesa; algunas personas siguieron mi movimiento; pero encima de la mesa sólo había una jarra con flores rojas y amarillas sobre las que daba un poco de sol.
Al terminar mi cuento se encendió el barullo y la gente me rodeó; hacían comentarios y un señor empezó a contarme un cuento de otra mujer que se había suicidado. Él quería expresarse bien pero tardaba en encontrar las palabras; y además hacía rodeos y digresiones. Yo miré a los demás y vi que escuchaban impacientes; todos estábamos parados y no sabíamos qué hacer con las manos. Se había acercado la mujer que usaba esparcidas las ondas del pelo. Después de mirarla a ella, miré la estatua. Yo no quería el cuento porque me hacía sufrir el esfuerzo de aquel hombre persiguiendo palabras: era como si la estatua se hubiera puesto a manotear las palomas.
La gente que me rodeaba no podía dejar de oír al señor del cuento; él lo hacía con empecinamiento torpe y como si quisiera decir: "soy un político, sé improvisar un discurso y también contar un cuento que tenga su interés".
Entre los que oíamos había un joven que tenía algo extraño en la frente: era una franja oscura en el lugar donde aparece el pelo; y ese mismo color -como el de una barba tupida que ha sido recién afeitada y cubierta de polvos- le hacía grandes entradas en la frente. Miré a la mujer del pelo esparcido y vi con sorpresa que ella también me miraba el pelo a mí. Y fue entonces cuando el político terminó el cuento y todos aplaudieron. Yo no me animé a felicitarlo y una de las viudas dijo: "siéntense, por favor" Todos lo hicimos y se sintió un suspiro bastante general; pero yo me tuve que levantar de nuevo porque una de las viudas me presentó a la joven del pelo ondeado: resultó ser sobrina de ella. Me invitaron a sentarme en un gran sofá para tres; de un lado se puso la sobrina y del otro el joven de la frente pelada. Iba a hablar la sobrina, pero el joven la interrumpió. Había levantado una mano con los dedos hacia arriba -como el esqueleto de un paraguas que el viento hubiera doblado- y dijo:
-Adivino en usted un personaje solitario que se conformaría con la amistad de un árbol.
Yo pensé que se había afeitado así para que la frente fuera más amplia, y sentí maldad de contestarle:
-No crea; a un árbol, no podría invitarlo a pasear.
Los tres nos reímos. Él echó hacia atrás su frente pelada y siguió:
-Es verdad; el árbol es el amigo que siempre se queda.
Las viudas llamaron a la sobrina. Ella se levantó haciendo un gesto de desagrado; yo la miraba mientras se iba, y sólo entonces me di cuenta que era fornida y violenta. Al volver la cabeza me encontré con un joven que me fue presentado por el de la frente pelada. Estaba recién peinado y tenía gotas de agua en las puntas del pelo. Una vez yo me peiné así, cuando era niño, y mi abuela me dijo: "Parece que te hubieran lambido las vacas." El recién llegado se sentó en el lugar de la sobrina y se puso a hablar.
-¡Ah, Dios mío, ese señor del cuento, tan recalcitrante!
De buena gana yo le hubiera dicho: "¿Y usted?, ¿tan femenino?" Pero le pregunté:
-¿Cómo se llama?
-¿Quién?
-El señor... recalcitrante.
-Ah, no recuerdo. Tiene un nombre patricio. Es un político y siempre lo ponen de miembro en los certámenes literarios.
Yo miré al de la frente pelada y él me hizo un gesto como diciendo: "'¡Y qué le vamos a hacer!"
Cuando vino la sobrina de las viudas sacó del sofá al "femenino" sacudiéndolo de un brazo y haciéndole caer gotas de agua en el saco. Y enseguida dijo:
-No estoy de acuerdo con ustedes.
-¿Por qué?
-...y me extraña que ustedes no sepan cómo hace el árbol para pasear con nosotros.
-¿Cómo?
-Se repite a largos pasos.
Le elogiamos la idea y ella se entusiasmó:
-Se repite en una avenida indicándonos el camino; después todos se juntan a lo lejos y se asoman para vernos; y a medida que nos acercamos se separan y nos dejan pasar.
Ella dijo todo esto con cierta afectación de broma y como disimulando una idea romántica. El pudor y el placer la hicieron enrojecer. Aquel encanto fue interrumpido por el femenino:
-Sin embargo, cuando es la noche en el bosque, los árboles nos asaltan por todas partes; algunos se inclinan como para dar un paso y echársenos encima; y todavía nos interrumpen el camino y nos asustan abriendo y cerrando las ramas.
La sobrina de las viudas no se pudo contener.
-¡Jesús, pareces Blancanieves!
Y mientras nos reíamos, ella me dijo que deseaba hacerme una pregunta y fuimos a la habitación donde estaba la jarra con flores. Ella se recostó en la mesa hasta hundirse la tabla en el cuerpo; y mientras se metía las manos entre el pelo, me preguntó:
-Dígame la verdad: ¿por qué se suicidó la mujer de su cuento?
-¡Oh!, habría que preguntárselo a ella.
-Y usted, ¿no lo podría hacer?
-Sería tan imposible como preguntarle algo a la imagen de un sueño.
Ella sonrió y bajó los ojos. Entonces yo pude mirarle toda la boca, que era muy grande. El movimiento de los labios, estirándose hacia los costados, parecía que no terminaría más; pero mis ojos recorrían con gusto toda aquella distancia de rojo húmedo. Tal vez ella viera a través de los párpados; o pensara que en aquel silencio yo no estuviera haciendo nada bueno, porque bajó mucho la cabeza y escondió la cara. Ahora mostraba toda la masa del pelo; en un remolino de las ondas se le veía un poco de la piel, y yo recordé a una gallina que el viento le había revuelto las plumas y se le veía la carne. Yo sentía placer en imaginar que aquella cabeza era una gallina humana, grande y caliente; su calor sería muy delicado y el pelo era una manera muy fina de las plumas.
Vino una de las tías -la que no tenía los ojos ahumados- a traernos copitas de licor. La sobrina levantó la cabeza y la tía le dijo:
-Hay que tener cuidado con éste; mira que tiene ojos de zorro.
Volví a pensar en la gallina y le contesté:
-¡Señora! ¡No estamos en un gallinero!
Cuando nos volvimos a quedar solos y mientras yo probaba el licor -era demasiado dulce y me daba náuseas-, ella me preguntó:
-¿Usted nunca tuvo curiosidad por el porvenir?
Había encogido la boca como si la quisiera guardar dentro de la copita.
-No, tengo más curiosidad por saber lo que le ocurre en este mismo instante a otra persona; o en saber qué haría yo ahora si estuviera en otra parte.
-Dígame, ¿qué haría usted ahora si yo no estuviera aquí?
-Casualmente lo sé: volcaría este licor en la jarra de las flores.
Me pidieron que tocara el piano. Al volver a la sala la viuda de los ojos ahumados estaba con la cabeza baja y recibía en el oído lo que la hermana le decía con insistencia. El piano era pequeño, viejo y desafinado. Yo no sabía qué hacer; pero apenas empecé a probarlo la viuda de los ojos ahumados soltó el llanto y todos nos callamos. La hermana y la sobrina la llevaron para adentro; y al ratito vino la sobrina y nos dijo que su tía no quería oír música desde la muerte de su esposo -se habían amado hasta llegar a la inocencia.
Los invitados empezaron a irse. Y los que quedamos hablábamos en voz cada vez más baja a medida que la luz se iba. Nadie encendía las lámparas.
Yo me iba entre los últimos, tropezando con los muebles, cuando la sobrina me detuvo:
-Tengo que hacerle un encargo.
Pero no me dijo nada: recostó la cabeza en la pared del zaguán y me tomó la manga del saco.

domingo, 21 de agosto de 2011

LA HISTORIETA


ASPECTO TÉCNICO DE UNA HISTORIETA

Guión: Desarrollo estructurado de un argumento.
Argumento: Relación concatenada en espacio y tiempo de situaciones con es­truc­tura dramática.
Estructura dramática: Estructura que consta de planteamiento, nudo y desen­lace, o más modernamente situación inalterada, la alteración, la lucha y el ajuste.
Cartela o Cartucho: espacio rectangular integrado en la viñeta o entre dos consecutivas, destinado a albergar textos narrativos de apoyo a las imagenes.
Encuadre: fragmento de la realidad seleccionado en la viñeta.
Elipsis: recurso que permite eliminar los tiempos muertos entre las viñetas.
Flash-back: salto al pasado dentro del tiempo del relato.
Flash-forward: salto al futuro dentro del tiempo del relato.
Globo o bocadillo: espacio que, situado dentro o fuera de las viñetas, contiene los diálogos de los personajes.
Líneas cinéticas: o líneas de acción, son las que destacan el movimiento de los personajes.
Raccord: continuidad narrativa entre una viñeta y la siguiente.
Travelling: seguimiento que hace el objetivo de la viñeta sobre la acción del objetivo visual.
Viñeta: unidad mínima de significación de la historieta.
Voz en off: diálogo en forma de globo, cuyo delta nos indica que el emisor se halla fuera del encuadre de la viñeta.
Zoom: sucesión de planos, mediante la cual nos acercamos o alejamos del objetivo visual.
Solapamiento: caso especial de raccord entre dos viñetas consecutivas en el que la acción de una de ellas invade el espacio de la otra.
Split panel: viñeta fragmentada para subdividir el espacio de la acción o para representar acciones conexas, como los dos interlocutores de una conversación telefónica.
Composición: la distribución y organización de todos los elementos que integran una viñeta
Puntos focales: áreas de una viñeta donde fija primero el ojo el lector antes de moverse para absorver el resto de la escena. Cada viñeta tiene un punto focal dependiendo de su forma. Los puntos focales se dan en lugar donde una linea perpendicular desde esquinas opuestas intercede con una diagonal desde las esquinas restantes. Los puntos focales no deben tomarse como un dogma. La selección de la colocación de los objetos y de la acción es un juicio de valor. Los puntos focales, que deben ser entendidos como áreas y no como puntos fijos, sirven de ayuda a la hora de componer la escena.




sábado, 6 de agosto de 2011

OBJETIVO DE LOS PERSONAJES

EN ESTE CASO SE CUMPLE EL OBJETIVO POR UN TERCER PERSONAJE. ESTA ES UNA DE LAS HISTORIAS DE SMOKE: PELICULA BASADA EN CUENTOS DE PAUL AUSTER.

miércoles, 27 de julio de 2011

EROTISMO

Los griegos utilizaban la palabra érōs para referirse al amor apasionado y al deseo sensual. Ese sentimiento también se representó a través del dios Eros. En la lengua española, el término erotismo connota y denota lo relacionado con la sexualidad, tanto en respecto al acto sexual físico como a sus proyecciones.
El erotismo suele verse observado en combinación con la libido, ya que se trata de todo aquello que proviene de la zona libídica y que está relacionado con el sexo y el amor. Sin embargo, existe una dicotomía entre el amor erótico y el amor romántico, ya que éste se ha transformado en la asociación principal del amor en general (que es altruista y, se supone, sublima la sensualidad).
Aunque parezca extraño, el erotismo siempre está presente en la religión  y en los sistemas de creencias. En el catolicismo, los textos místicos de San Juan de la Cruz incluyen una retórica que rebosa de erotismo dirigido a la deidad. En otras religiones, por otra parte, existía una prostitución sagrada que llegó hasta la Grecia clásica. Tampoco puede dejar de mencionarse al popular libro del Kama Sutra, una exaltación a la sexualidad perteneciente al hinduismo.
El interés erótico de una persona o de un objeto suele ser calificado con el adjetivo sexy, proveniente del idioma inglés. El erotismo también puede ser confundido con el fetichismo, que es la derivación de la libido hacia ciertos objetos o partes del cuerpo.
En cuanto al erotismo en la literatura, uno de sus principales exponentes es el Marqués de Sade, condenado en su época por ejercer el libertinaje de manera pública y por acompañar sus intereses sexuales con dosis de violencia.

jueves, 21 de julio de 2011

JUEGO COLECTIVO DEL TALLER DE ESCRITURA DEL CASTILLO PITTAMIGLIO - 7 AL 14 DE MAYO 2011


   ABRÍ EL ARMARIO Y ME ENCONTRÉ CON LA TRISTE MIRADA DEL ELEFANTE

Me mire al espejo y vi la misma mirada que tenía mi pequeño amigo de la infancia, el elefante. Pero no sabía que estaba sucediendo, porqué yo tenía esa mirada de tristeza. Intenté olvidarme de ello y salí, pero parecía no funcionar. No entendía que me estaba pasando. Mis amigos me preguntaban si estaba bien, si algo me había sucedido; lo único que podía responderles era nada. Pero ellos sabían que algo andaba mal.
 Era como si el elefante estuviera apoderándose de mí, ya estaba viendo por mis ojos y seguramente empezaría a meterse en todos mis sentidos. Oiría por mis oídos, olería por mi nariz... ¡Qué horror! Pronto empezaría a gritar como elefante. Salí corriendo del lugar, quería llegar a casa, volver a abrir ese armario y enfrentarme cara a cara con
aquel elefante.
Al llegar a casa me encontré con una sorpresa aún mayor, ¡el armario no estaba! Empecé a gritar llamando a mi familia pero nadie respondió, silencio denso, agobiante. ¿Dónde estaban? Decidí buscar al elefante por toda la casa, pero ni rastro de él. De pronto comencé a sentir las piernas y los brazos muy pesados, como si fueran de elefante. ¿Qué estaba sucediendo?
Decidí, con temor, mirarme al espejo. Lo hago y me encuentro que me he convertido en Tarzán, Rey de los Monos y de las Monas. Y me dije, ¿dónde está Tantor, mi elefante favorito? Llamé a Tucutrú, mi mono-asistente, y le ordené  que tocasen los tambores para llamar al elefante. Al rato, recibimos un telegrama de la Clínica Obstétrica de Ciudad del Cabo donde nos informaban que Tantor no era elefante sino elefanta y estaba dando a luz. Dio a luz un pequeño - es un decir - elefantito, y ahora se me plantea
el problema de cómo llamar al recién nacido.
Ya no entiendo nada, es una alucinación tras otra.  Temo estar en otra dimensión.   Pero saber ahora que la elefanta de mi armario, tiene un elefantito me da una sensación de asombro y ternura.  Sería apropiado que le pusiera Dumbo, quizás tenga las orejas tan grandes como él.   Ahora tengo que pensar, que no puedo seguir colgado de esta liana, tengo que encontrar el espejo que me devuelva mi imagen. Pero de pronto algo estaba
pasando frente a mi.
No podía creerlo, el elefantito se tornaba cada vez más pequeño. ¡Iba a desaparecer si no hacía algo!. Entré en un estado de desesperación, pues pensé que de desaparecer el elefantito también desaparecería mi chance de encontrar el anhelado espejo del que ya he hablado. Dumbo era casi inexistente cuando se me ocurrió pedir ayuda. Evidentemente estaba poseído de alguna manera y otra por maldición. Sé que tengo mucha gente que me tiene envidia. Me lo dijo Marta que me tira las cartas de tarot, me lo volvió a confirmar Walter el que me tira los buzios. Me consta que nunca le erraron en sus predicciones, pero estoy necesitando al Pai Carmiño de Umbanda, para que me conecte con algún Orixá. Ya lo llamo...
Comencé a marcar los números en el teléfono, pero se veían borrosos, de pronto un silbato estridente sonó dentro de mi cabeza, abrí los ojos sobresaltada y comprendí que ese sonido largo no provenía de ninguna selva, era mi despertador.
A través de la bruma del sueño, vi, inclinada sobre mi rostro la enorme cabeza de mi perra Pita, me ofrecía la pelota de goma, su más preciado bien, seguramente me escuchó gemir en sueños e intentaba consolarme.
Comprendí que ya era tarde y debía apresurarme para llegar en hora al trabajo; por suerte aquello solo había sido un mal sueño, y la vida volvía a su rumbo normal.
Después de una taza de café y una ducha de veinte minutos ya me sentía reconfortada y a salvo del delirio. Entré a mi dormitorio para vestirme, abrí el armario, y me encontré con a triste mirada del elefante..
Como un deja vu pensé, esto ya lo viví. Nuevamente el miedo comenzó a apoderarse de mi pero esta vez al mirarme al espejo solo vi mi reflejo y entendí que el sueño debía haber significado algo en mi vida. Lo medité unos minutos mientras terminaba de vestirme. Quizás toda esta historia y este sueño tan real fuera una representación de lo que me estaba pasando. No sería el elefante una representación de mi abuela; no sería su mirada, la mirada de esa persona que tanto me dio durante tantos años? No sería Tarzán una representación de mí, colgando en las lianas del destino y la incertidumbre? Los pensamientos se apoderaron de mí, y me acompañaron en mi rutina. Desayuné y me fui.
Miré el reloj y comprobé el escaso tiempo de que disponía para  tomar alguna decisión o llegar a alguna conclusión después de lo vivido, y me dije: en realidad ¿quién me apura? Me senté cómodamente, respiré hondo, y pensé: puedo disfrutar  de esta maravillosa
Experiencia, puedo analizarla con calma y puedo, sobre todo, seguir viviendo en este mundo mío tan particular y loco.
Como ya adivinábamos desde el principio me había convertido finalmente en elefante. Llegué hasta casa con mucha dificultad, ya que a cada paso que daba me pateaba la trompa, las orejotas me tapaban la visual, que además había disminuido muchísimo ya que es proverbial la miopía de los elefantes. Era un desastre ambulante. Me paré frente al espejo y pensé: adaptación o muerte. Así que opté por la primera. Me prendí las orejas del pelo con coquetos brochecitos y la trompa me la acomodé en el cuello dándole varias vuelta como se usa ahora, tratando de no estrangularme en mi torpeza y salí a llevarme el mundo por delante.- 
  FIN

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